Cómo se hizo – El viento del diablo

Cómo se hizo, El viento del diablo

 

En el transcurso de mis investigaciones históricas sobre Canarias en el siglo XVI, al estudiar la documentación de la época, me tropezaba continuamente con la mención a la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña, una fortaleza, similar a la torre del Conde en La Gomera, que se había levantado por el gobernador de Gran Canaria siguiendo órdenes de los Reyes Católicos en 1496 en la costa del Sáhara, enfrente de Fuerteventura.

 

La torre se mantuvo en pie unos treinta años, fue destruida y nunca más se volvió a saber de ella.

Sobre la localización de esa torre hubo muchas teorías a finales del siglo XIX, la mayoría erróneas. En los quinientos años que nos separan, algunos autores y viajeros dieron noticia de la existencia de unas ruinas en el lugar conocido como Puerto Cansado, que era en realidad la Mar Pequeña. Hoy en día se denomina Laguna de Naila, y forma parte del Parque natural de Khenifiss, a unos 30 kilómetros al norte de Tarfaya.

Armado con esas referencias, un par de mapas del siglo XIX y una foto de satélite, en octubre de 2011 hice, en compañía de mi padre, un viaje a El Aaiún en busca de la torre de Santa Cruz. Para ello conté con la ayuda de María Álamo –organizadora de viajes a la zona-, que puso a mi disposición un guía y un cuatro por cuatro.

La Laguna de Naila es una enorme extensión de agua salada que entra en el continente a través de una estrecha bocana, y que ha creado un microclima muy favorable para el anidamiento de numerosas especies de aves, además de ser un refugio ideal para la pesca de costa. En un entorno donde el verde de las plantas acuáticas contrasta con el amarillo rotundo de unas dunas de belleza excepcional, es donde se centró la búsqueda de la torre.

Una vez llegados a la laguna, unos pescadores nativos se ofrecieron a llevarnos a un lugar “donde había unas piedras” en barca, ya que el desplazamiento a pie exigía varias horas de esfuerzo que se obviaba por el paseo en bote. El trayecto, de una media hora, se vio amenizado al cruzar diversas marismas pobladas por flamencos rosas y garzas blancas.

Si las últimas noticias que se tenían de la localización de la torre hablaban de un islote en una costa rocosa, la realidad en los días que corren es muy distinta. La ribera se ha convertido en una gran playa arenosa que sería la envidia de cualquier destino turístico de primer orden. Las “piedras” se encontraban a unos cien metros tierra adentro desde la playa y sólo se veía desde el mar la hilera constructiva superior. Al acercarnos, descubrimos, semienterrada en la arena húmeda, una construcción cuadrada de indudable antigüedad, formada en su base por grandes sillares de piedra arenisca, que alcanzaban la altura de cuatro hileras, y sobre las que se habían colocado piedras sueltas unidas con algún aglomerante de forma que los bordes quedaran a la misma rasante.

Por esas vueltas del destino, con posterioridad supimos que por iniciativa del señor Salek Aouissa, un asesor del ayuntamiento de Akhfenir, de origen saharaui, se logró con la colaboración del ejército marroquí y de otros voluntarios, que se desenterrara la torre a mediados de julio de 2011, justo unos tres meses antes de nuestra visita. Gracias a esta feliz decisión pudimos contemplar la torre de la mejor manera posible, ya que apenas unos meses antes los restos de la torre estaban totalmente cubiertos por la arena.
La retirada de la arena que cubría la construcción por completo se realizó hasta donde permitía el nivel de las aguas subterráneas provenientes del mar, que es el que se ve actualmente. La buena intención fue más allá de lo exigible y quienes trabajaron en la excavación quisieron poner su granito de arena intentando una reconstrucción –desgraciadamente penosa– de la parte superior de los muros, igualándolos con piedras cogidas al azar en los alrededores.
Pude constatar que se trataba de los restos de un edificio medieval que, sin lugar a dudas, era la torre que buscaba. A la vuelta del viaje publiqué un artículo de divulgación histórica que fue galardonado con el Premio Rumeu de Armas. Más tardé salió a la luz una monografía sobre la torre, que ha merecido una segunda edición recientemente.

Cuando acabé de escribir La casa Lercaro, en 2013, reanudé la novela Tiempo Sur, de la que llevaba unos cuantos capítulos escritos. Me basé en mis recuerdos y fotografías del viaje de un par de años antes y tramé una historia donde existiera una expedición arqueológica en la misma torre –en la que tendría que estar Marta Herrero a la fuerza-, que contuviera elementos de misterio en torno al asesinato de un militar marroquí –lo que provocaría la aparición de la policía y más tarde el ejército de ese país-, y en el que se vieran involucrados un terrorista, La CIA y un comando antiterrorista y una familia de pastores saharauis.

La acción planeada no aconsejaba la presencia de otros personajes de la trilogía, ya que no tenían cabida lógica. Por eso decidí que la heroína principal fuera Marta. Sus amigos se quedaron en Tenerife. Era una apuesta dejar a Ariosto fuera, pero corrí el riesgo. Junto a Marta cobraron fuerza personajes como el policía Benkiran, la saharaui Aixa y el asesino Boulimine.

Mi intención era crear un thriller con un trasfondo histórico, aderezado con leyendas castellanas y saharauis, y acción, mucha acción con la llegada del ejército marroquí y el comando de los SEAL a la zona. En el momento álgido de la novela se levanta una tormenta de arena que es la que daba título a la novela, Tiempo Sur, que es como se llama en Canarias a los periodos de calima –polvo en suspensión- que con periodicidad provienen del Sáhara.

Una vez terminada la novela, los amigos de la editorial Roca me comentaron, perplejos, que no sabían qué significaba eso de Tiempo Sur, y me propusieron un cambio de nombre. Dado que en la trama el viento y el diablo –Chamharuch- son protagonistas, surgió el título de El viento del diablo, que es como se publicó al final.
La novela salió en marzo de 2014 y la respuesta de los lectores fue, en primer lugar, de sorpresa y, una vez leída, de satisfacción. Se trata de una historia muy original –por su trama y sus localizaciones- que mantiene el estilo y el ritmo de las anteriores y que implica al lector en su lectura hasta el desenlace final.

Un mes antes del lanzamiento, volví al escenario de la novela con mis amigos María Álamo, Luis Adern y Fernando del Castillo para rodar unas tomas de promoción de la novela, cuyos resultados son los magníficos videos que se encuentran en esta página.
Con posterioridad a la publicación de la novela, María Álamo organizó dos viajes de grupo para visitar la torre y los lugares donde se desarrolla la novela, en agosto y diciembre de 2014. Una experiencia muy enriquecedora.

Y es que el ese Sáhara tan cercano y tan lejano al mismo tiempo, da para mucho literariamente. Tal vez vuelva a llevar a mis personajes por allá otra vez.

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